Esas situaciones cotidianas que logran exasperarnos al borde de un colapso nervioso y que después, irónicamente, quedan en la memoria... No hay duda, somos animales de costumbre y repetición.
Machaque del momento
- REIKI
domingo, 9 de mayo de 2010
Arráncame las hojas, de un tirón.
Para poder hablar objetivamente debo decir que lo que ha cambiado únicamente es mi locación, el lugar desde donde hablo, miro, decido y aprendo. El resto es puro entorno, contexto que genera empatía conmigo desde que está sin mí. La vida es un conjunto de lugares vacíos y llenos, completos o nulos, medidos o extremos. Siento toda ambivalencia presente en mis sentidos y hoy, un domingo de otoño cualquiera, reconozco algo por primera vez en mi vida que me atrevo a valorar: ADORO EL OTOÑO. Me genera tantas sensaciones esta estación que me resulta casi indescriptible la mezcla de emociones que siento cuando intento transmitirlo mediante palabras. Creo que los colores del otoño, los cambios naturales, la caída de las hojas de los árboles, el frío, la frazada, el mate cocido con leche, los guisos de lentejas, los sweaters de lana, las medias de abrigo, los radiadores, la sopa de arroz, la ducha hirviendo, las botas, las poleras, las bufandas, los gorritos, el chocolate en cantidad desmedida… son tantas las cosas que hacen que ame el otoño, créanme que éstas que mencioné son tan solo algunas de ellas.
miércoles, 5 de mayo de 2010
La ola está de fiesta
En la casa que vivía cuando era chica teníamos el equipo de música en el comedor. Recuerdo perfectamente la mesa de madera antigua, las diez sillas alrededor suyo, los dos muebles que eran de mi bisabuela, una alfombra gris larguísima que iba desde el comedor hasta el zaguán de aquella casa tipo chorizo. El equipo estaba en el medio del comedor contra una pared salpicré color verde agua y, por delante suyo, pasaba el tendido de aquella vieja alfombra. Ese era mi escenario y, generalmente, el desodorante en aerosol de mi mamá era el micrófono.
El equipo de música era muy viejo. Para que puedan tener una idea, la mayoría de mis compañeras de la escuela ya tenían reproductores de cd, mientras que yo seguía usando los malditos cassettes ¡Qué valiosos que eran esos cassettes! Ya no existe la mística de cuidar de su cinta para poder oír mil veces los mismos temas. Play, Rewind, Stop, Play. ¡Qué secuencia fastidiosa!
Estas líneas vienen a cuenta porque encendí el televisor para hacer un poco de zapping y ví a Flavia, mi ídola (¿?), vestida como si fuera un gato, hablando de que estaba junto a un pibe mucho más joven que ella… me pregunto ¿adónde se van nuestros ídolos? ¡Qué vergüenza que me dio verla allí! Confieso que no me quedé escuchando esa entrevista, cambié de canal. Prefiero quedarme con el recuerdo que elijo tener de mi infancia y no con este.
Ella no es más que una persona que tuvo diferentes roles y trabajos en la vida. A veces estamos de pie sobre un sitio y, al tiempo, ya pasamos hacia otro.
Yo soy de las que quedan prendidas a las sensaciones intensas, a los amores profundos, a algunos ideales. En este caso, que triste resulta la realidad cuando recuerdo toda aquella idealización que hice sobre su personaje, al final del cuento, nunca consideré que era una persona.
jueves, 22 de abril de 2010
Un aplauso para el asador
El problema surge cuando me doy cuenta de que es mucho más trabajoso y demanda un mayor esfuerzo enjuagar las verduras, armar ensaladas, poner la mesa para veinte personas y tener que lavar la vajilla llena de grasa de tantos comensales luego de dicha comida.
Es sabido que hay una cuestión bastante machista en torno a hacer un asado, tener tu propio cuchillo, encender el fuego, hacer buena cantidad de brasas, poner la carne encima suyo… el resto es sólo esperar. Eso sí, esa espera siempre es en compañía de un par de vinos previos al almuerzo. ¡Qué difícil que es esa espera!
Yo no quiero ofender a ningún argentino que haga un rico asado en su día libre, ni siquiera a las mujeres que fomentan o sostienen a esos asadores, sólo quiero hacer pública mi indignación cuando en cada lugar que voy escucho “un aplauso para el asador”. No hay vez que deje de pensar en el aplauso inexistente dedicado a quien fue a la carnicería, cargó todos esos kilos de carne hasta la heladera, organizó el espacio en la heladera para que entre en ella semejante cantidad de comida, hizo malabares con las ensaladas para que sean suficientes y, por sobre todo, para que nadie se queje por como están condimentadas, para quien limpia toda la vajilla, incluyendo la grasa que queda en la parrilla después de cada uso… en fin, alguna vez después de cumplir con el ritual machista de aplaudir al asador para que pueda comer tranquilo, voy a pedir un aplauso para nosotras, esas mujeres que vamos detrás de cada detalle que el asado requiere.
Aunque es cierto que sin estos hombres que hacen nuestros asados, no habría queja.
Mentira………si no tuviéramos a nuestros asadores ¡¡¡aprenderíamos y los haríamos nosotras!!!
Creo de que después de publicar estas palabras, me quedé sin asado de por vida.
miércoles, 14 de abril de 2010
Ring Ring Ring
Sí, eso pensé hoy después de recibir tres llamadas de diferentes lugares en mi teléfono y al pedirme que confirme el horario de reunión para los días entrantes nadie, créanme que absolutamente ninguna de las tres personas cuando me dijo el número adonde tengo que llamar para confirmar horario, antepuso el prefijo que debía agregar antes del resto de los números. Resulta ser que dan por sentado que el 011 está presente, lo tenés que saber, es un sujeto omnipresente en la vida de la gente, aparentemente.
Lejos de mí está la idea de ser arrogante pero honestamente sé muy bien cual es el prefijo que tengo que discar para comunicarme, el punto al que voy es ¿por qué si una persona llama a un número de teléfono del interior de la provincia no aclara de donde habla y consecuentemente informa todos los números pertenecientes al lugar que representa?
No voy a generalizar porque odio que la gente generalice pero creo que la mayoría de los porteños se creen que son todo y que tienen el mundo a sus pies. ¡Cómo me molesta!
sábado, 3 de abril de 2010
Mortimer sin duda
Termino de comer y es casi automático el movimiento. Levanto los platos y a lavar la cocina. Si no lo hago mientras estoy terminando de masticar el último bocado del almuerzo o de la cena me agarra semejante vagueza que pueden los platos permanecer sucios por varios días sin que yo me digne a enjuagarlos. Parece que se ha vuelto un mecanismo operativo de mi sistema; terminar de comer y a lavar todo muy rápido. Es como si hubiese alguien apurándome o como si escuchara el ruido de un perturbador tic tac tic tac que me hiciera creer que se está venciendo el plazo del proceso culinario. Ah! Déjenme aclarar que para mí, tanto el almuerzo como la cena, son todo un proceso que comienza en el momento en el cual pienso en que quiero comer y termina cuando dejo la vajilla reluciente reposando en el apoya platos.
Otra característica que tengo es que jamás seco la vajilla. Tengo veinte repasadores divinos, de diversas formas y colores pero no les doy uso. La vajilla se seca sola, reposando, al aire. Me gusta evitar los hongos y de esa forma lo consigo sin grandes esfuerzos. Además soy muy desprolija, si secara los platos siempre les dejaría alguna que otra gotita de agua y odio la humedad, prefiero el secado a intemperie, es más efectivo, me da más confianza.
Yo primero lavo los vasos, después los cubiertos, le siguen los platos y por último están las cacerolas que previamente llené con agua para ir despegando la mugre.
Sepan que soy extremista como muchas e intensa como pocas.
lunes, 1 de marzo de 2010
Viveza argentina
En el camino de vuelta a casa veo a una mujer que llevaba en el asiento trasero del auto a tres niños, detiene la marcha del vehículo a mitad de cuadra y le pregunta a los gritos a un muchacho que estaba bajando la cortina de un comercio de plásticos si podía venderle una tabla para planchar. Acto seguido, el muchacho en cuestión la mira y sutilmente levanta los hombros mientras le decía: “el negocio ya cerró”. La mujer enfurecida le suplica que necesita si o si esa tabla y después de un par de frases de ida y otras de vuelta, el muchacho accede al pedido de la señora, abre las puertas y le ofrece desde adentro las distintas variedades. Sí, fue una compra desde el auto.
El punto es que me quedé pensando ¿Qué tiene en la cabeza es mujer que no se da cuenta de que ese hombre se quería ir a la casa en vez de estar ofreciéndole una tabla de planchar? Ya había tenido todo el día para vendérsela pero no. Ella fue justamente cuando cerraban, me atrevo a decir que en el camino de vuelta a su casa se acordó y al pasar por ese comercio hizo el intento.
Esto pasa en nuestro país, en donde no se respeta a la persona que está al lado nuestro, al que terminó su jornada de trabajo y quiere ir a descansar, al que tiene en mente algo diferente a lo de nuestra cabeza…
Porque estuve en ese lugar aprendí a no hacérselo a nadie ya que, honestamente, es horrible la sensación de impotencia e injusticia con la que después te vas a cenar a tu casa.
domingo, 21 de febrero de 2010
Es domingo ¡me caso con el helado!
Me pone tan de mal humor comerme un plantón faltando menos de una hora para juntarnos que juro que la violencia se apodera de mi cuerpo y generalmente termino canalizándola comiendo alguna cosa rica, hoy es un cuarto de helado (y los tres gustos son de crema…).
No me molesta que ellas no tengan ganas de verme, me molestan las excusas que ponen para no vernos. Prefiero mil, si dije mil, veces que me digan que no tienen ganas de ir a que me vendan un paquete con moño y todo. Encima mientras clavo la cucharita en el pote de este helado, me enojo tanto conmigo misma porque ya estoy pensando en los diez largos en la pileta que voy a tener que hacer para creerme que bajé las calorías que engordé esta noche. Así de vueltera soy, si, ámenme (si pueden).
Al principio me copaba y preparaba algún postre, bizcochuelo, mousse de chocolate pero para ser honesta ahora no hago nada más, de hecho, durante toda la tarde cada vez que suena el celular el primer pensamiento que tengo es el de que seguramente se canceló la reunión por lo que cocinar algo para después atracarme solita a la noche dejó de ser una opción. De ese tren me bajé hace rato por suerte.
Me pregunto por qué uno no puede ser coherente y condescendiente con lo que dijo cuando fue invitado y con lo que siente respecto de esa invitación o del evento el día del mismo. Parece ser que llega el día de vernos y el encanto se rompe, es sustituido por otra cosa que desconozco cual puede ser. La mayoría de la gente debe pensar que mi grupo de amigas es un embole y déjenme decirles que no es así en absoluto. La realidad es que es todo lo contrario, nos reímos toda la noche y volvemos a casa mensajeándonos sobre que tendríamos que reunirnos más seguido sin dejar pasar tanto tiempo, que lo pasamos muy bien juntas y bla bla bla. Nos endulzamos los ojos de manera tal que quizás después no queremos otro encuentro, no queda nada por compartir, ya nos dijimos cuanto nos queríamos y extrañábamos así que estimo que el contrato de amistad por un mes puede darse por cerrado.
Me da mucha lástima admitirlo e ilusa sería si lo callara, creo que la única garantía de que las amigas de mi grupo asistan a una reunión es si las haces dejar una especie de seña (si, estoy hablando de dinero) para reservar algo. No pierden un peso seguro. En eso pongo la firma y me voy a ver un par de capítulos de Sex and the city después de haber confesando este espanto de sensación que tengo hoy.
viernes, 19 de febrero de 2010
Perdé que me gusta
Una pareja de enamorados, un padre a sus hijos, un nene obsesivo o una mujer que en el fondo sigue siendo la niña que fue son los usuarios más típicos de la máquina. Generalmente alrededor de las tres paredes de vidrio se reúne toda la gente de paso a mirar cómo otro ilusionado perderá en ese intento unas cuantas monedas.
Mientras todos echan miradas de furia, envidia y malos deseos (exceptuando a quien acompañe al ilusionado en cuestión) yo estoy prestando atención a las caras y los gestos de dichos espectadores. Todos opinan, descreen, envidian y tienen lástima de quien será la siguiente víctima de esta prueba por conseguir un peluche.
Después de diez o doce intentos, algún ilusionado consigue alzarse con el premio y al hacerlo arranca en su entorno el cuchicheo de cuan afortunado fue con tan poca habilidad, acto previo de pensar que querrá conseguir esa persona a cambio del peluche cuyos rasgos, si uno se fija, son horribles pero se lo debe ver hermoso ya que fue un buen desafío conseguirlo.
Qué increíble me resulta que cómo mínimo quince personas hayamos detenido nuestro rumbo para ver perder a algún grandulón su expectativa frente a ese oso deforme que está esperándonos adentro de esa máquina.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Sálvese quien pueda
Con la mayoría de ellos éramos casi extraños ya que jamás habíamos tenido una charla íntima, sin embargo un par de cervezas, las luces tenues y un ambiente relajado consiguen la liberación de cualquiera.
Ellos fueron mis compañeros de trabajo durante un año, hoy son casi desconocidos. Lo único que nos une es el recuerdo del tiempo que compartimos ese año y a mi me llama poderosamente la atención la forma en que los individuos nos animamos a hablar, a exponernos, a jugarnos después de unos traguitos de cerveza. A veces me da vergüenza creer que eso nos da coraje, nos quita los miedos, ese límite social, moral o como se llame.
Lo primero que distinguís es que las luces ya no están tan encendidas como creías paso siguiente notás que tus movimientos no están del todo controlados y terminás de darte cuenta cuando estás confesando tus más profundos pensamientos de la vida mientras todos te miran.
Yo quiero (léase a mi me gusta) la sinceridad brutal todo el tiempo. No sólo después de unas cervezas. Mi manera es frontal, cruel, cruda, directa, real.
¿Por qué a la gente le cuesta quitarse los tapujos y decir las cosas como son? Nos ahorraríamos tantos viajes, tantas idas, tantas vueltas…
A modo reflexivo debo admitir que por ser así he perdido en el camino a varias personas que creía de importancia pero la verdad es que a veces pienso que si no pudieron bancárselo ¿para que seguir sosteniéndolos?
No quiero tener que admitirlo (igual de alguna forma termino haciéndolo) acá va a sobrevivir el más fuerte. Esto es la ley de la selva solo que en la sociedad.
miércoles, 3 de febrero de 2010
¡¡¡Elegime a mí!!!!
No es que no tenga una ocupación, un empleo o una actividad. Todo lo contrario, la tengo pero no es lo que quiero. Acto seguido, concentro toda mi energía en pensar adónde quiero ir, en qué lugar me gustaría trabajar y cuando me doy cuenta de cuál es esa respuesta empiezo a pensar en lo largo que es el proceso de selección y las frustraciones que lleva consigo.
En este momento estoy recordando como fui seleccionada para el primer trabajo en blanco que tuve. Las cuatro entrevistas, los veinte mil exámenes físicos, psicológicos de inteligencia, emocional, cognitivo, etc. Ese día volví exhausta a casa, convencida de que las respuestas que di no eran las que debería haber dado, que quizás a la psicóloga tendría que haberle contado mi historia de otra manera, en fin, manipulado de la forma en que yo creía correcta sería mi imagen para que un tercero me elija.
Estamos siendo evaluados desde que nacemos, desde las expectativas de nuestros padres y su posterior reconocimiento (o no), las evaluaciones escolares, los exámenes de ingreso a la universidad, el examen de manejo, las encuestas telefónicas, los tan temidos exámenes preocupacionales. Estos últimos son tan difíciles, creo que no hay persona que salga conforme con su rendimiento en alguno de ellos. Es tan grande la ansiedad, la expectativa, el deseo que no creo que podamos mostrar nuestro máximo potencial y esplendor. Y ni hablar cuando venís en una mala racha, pasaste por dos o tres entrevistas con desenlace negativo y estando en la cuarta te sentís la persona con menos autoestima del planeta y recién ahí ocurre, estás dándote por vencida y ¡oh! suena el teléfono. “Hola Cielo, te llamo de la consultora…”(esa frase introductoria hace que tu corazón tiemble, bombazo de adrenalina por todo el sistema sanguíneo). Te avisan que quedaste elegida, ¿lo podes creer? A mi asombra, me da bronca, me enoja pero enseguida suspiro de satisfacción y plenitud.
Va a llegar ese primer día y seguimos en el proceso de evaluación. La ropa, qué difícil elección va a ser el atuendo para el primer día ¿sandalias, tacos, chatitas u ojotas? De repente elegís los tacos pero ni bien llegás tenés que ponerte cinco curitas alrededor del tobillo porque tu pie está todo lastimado. No importa, nada de eso interesa cuando estás bien emocional e intelectualmente. Conseguiste trabajo, el trabajo que querías, ahora sentís que nada va a detenerte porque estás siendo cada vez más independiente y eso te hace feliz.
Cada uno sabe hasta adónde es capaz de llegar por lo que quiere, cuanta cabeza tiene para conseguir sus objetivos, cuales son sus limitaciones y por sobre todo, cuales son sus virtudes y sus tan temidos defectos. Es el día de hoy y a mí me sigue costando salir conforme de una entrevista, de una evaluación, de una prueba. No quiero atribuirle todo a una mala racha de suerte, quizás el azar intervenga de vez en vez pero en esta oportunidad no puedo evitar sentirme responsable de mis propios fracasos. Pienso en que alguna vez, alguien va a darse cuenta de la voluntad que tengo, de cuáles son mis virtudes y puedan aceptar mis defectos.
Quisiera que dejen de buscar robots, y comiencen a encontrar personas con autonomía, libertad y responsabilidad por sus pasiones.
Agarrate Cielo de a poco está volviendo… estuvo de vacaciones narrativas pero nunca ausente.