Actualmente la vida se divide en dos tiempos, por un lado están los momentos en donde juega el equipo argentino y, por el otro lado, están los momentos en los que no lo está haciendo.
Querido ciudadano, si usted necesita o quiere cualquier tipo de producto o servicio asegúrese de satisfacer dicha necesidad antes o después de cualquier partido porque el mundo, créame, se detiene mientras tanto.
Aparentemente cuando juega la selección, nadie puede hacer otra cosa más que observarla. Los médicos adelantan los turnos, los horarios de trabajo en todos los comercios repentinamente son más flexibles, los bares lanzan promociones para cautivar a los clientes, los taxis se detienen, no hay quien desobedezca a los semáforos y los colectivos llegan todos atrasados. Cuando estamos jugando el mundial todos somos patriotas, todos somos una unidad, ahí sí que todos somos argentinos.
Déjenme decir que me encanta ver los partidos de fútbol de nuestra selección, no estoy quejándome. De hecho, los veo con felicidad, ansiedad y hasta creo que con emoción. El punto al que voy es que me gustaría que ese instinto de unión, solidaridad y empatía lo tengamos más seguido, no cada cuatro años, no me conforma vestir la celeste y blanca únicamente con Diego como DT, sería fabuloso poder decir cada día de nuestra vida: somos argentinos y atrevernos a defenderlo con orgullo. Creo que estamos lejos de lograrlo pero alguna vez oí decir que la esperanza es lo último que se pierde ¿será cierto?
Esas situaciones cotidianas que logran exasperarnos al borde de un colapso nervioso y que después, irónicamente, quedan en la memoria... No hay duda, somos animales de costumbre y repetición.
Machaque del momento
- REIKI
miércoles, 23 de junio de 2010
jueves, 10 de junio de 2010
Delincuencia ¡presente!
No te esfuerces. Llevate lo mío, hacé como si fuera tuyo. Esa situación es la realidad cotidiana de cualquier comerciante en nuestro país.
La primera pregunta que viene a la mente de cualquier persona después de saber que la misma ha sido asaltada es consultar si le han hecho algo. ¿Te hicieron algo? ¿Te lastimaron? Es sabido que el dinero, lo material en general, va y viene, hoy lo tenés y quizás mañana ya no. Pero me indigna, me enoja, me da resentimiento pensar en toda esa gente que cree en que sin esfuerzo se llega a alguna parte, toda esa gente que se cree dueña de sacarle al otro lo que le pertenece. Ante dicha pregunta quiero dejar en claro mi punto de vista, creo que es evidente que a la persona asaltada le han hecho algo, en los casos con suerte cuando no hay daño físico, se produce un gran daño emocional y psicológico. La semilla del miedo queda sembrada y sus frutos comenzarán a tapar varios horizontes. La gente ya no quiere proyectar, me corrijo, la gente quiere pero tiene miedo de proyectar. Es tan decepcionante, ese es mi país, el tuyo, el nuestro.
Argentina cada vez va más en caída y lo que me avergüenza por sobre todo es que cada vez a menos gente le importa, a medida que pasa el tiempo nos vamos enfriando, escuchamos tantas barbaridades alrededor que el factor sorpresa ya dejó de despertar emociones, nada nos está asombrando. Es preocupante pero a la par en mí despierta tristeza, ese tipo de tristeza que se siente cuando se piensa en el olvido. Esa tristeza profunda que siempre está acompañada de una sensación inmensa de vacío y soledad, como si estuvieras caminando por un pasillo oscuro, largo y silencioso que desconocés adonde conduce…
A mi me gustaría reformular las raíces del concepto del trabajo, la consciencia, la necesidad, el esfuerzo, la delincuencia, la sorpresa y la verdad es que no sé como hacerlo. Estoy desorientada, triste y preocupada.
Lo único de lo que hoy estoy segura es que las situaciones extremas de la vida nos hacen replantear la escala de valores que venimos manejando y hoy para mí lo más importante de todo es hacerle saber a la gente que amo, la intensidad con la que lo estoy haciendo.
Finalmente insisto en algo que ya lo dijeron varias personas: LOVE IS ALL YOU NEED.
La primera pregunta que viene a la mente de cualquier persona después de saber que la misma ha sido asaltada es consultar si le han hecho algo. ¿Te hicieron algo? ¿Te lastimaron? Es sabido que el dinero, lo material en general, va y viene, hoy lo tenés y quizás mañana ya no. Pero me indigna, me enoja, me da resentimiento pensar en toda esa gente que cree en que sin esfuerzo se llega a alguna parte, toda esa gente que se cree dueña de sacarle al otro lo que le pertenece. Ante dicha pregunta quiero dejar en claro mi punto de vista, creo que es evidente que a la persona asaltada le han hecho algo, en los casos con suerte cuando no hay daño físico, se produce un gran daño emocional y psicológico. La semilla del miedo queda sembrada y sus frutos comenzarán a tapar varios horizontes. La gente ya no quiere proyectar, me corrijo, la gente quiere pero tiene miedo de proyectar. Es tan decepcionante, ese es mi país, el tuyo, el nuestro.
Argentina cada vez va más en caída y lo que me avergüenza por sobre todo es que cada vez a menos gente le importa, a medida que pasa el tiempo nos vamos enfriando, escuchamos tantas barbaridades alrededor que el factor sorpresa ya dejó de despertar emociones, nada nos está asombrando. Es preocupante pero a la par en mí despierta tristeza, ese tipo de tristeza que se siente cuando se piensa en el olvido. Esa tristeza profunda que siempre está acompañada de una sensación inmensa de vacío y soledad, como si estuvieras caminando por un pasillo oscuro, largo y silencioso que desconocés adonde conduce…
A mi me gustaría reformular las raíces del concepto del trabajo, la consciencia, la necesidad, el esfuerzo, la delincuencia, la sorpresa y la verdad es que no sé como hacerlo. Estoy desorientada, triste y preocupada.
Lo único de lo que hoy estoy segura es que las situaciones extremas de la vida nos hacen replantear la escala de valores que venimos manejando y hoy para mí lo más importante de todo es hacerle saber a la gente que amo, la intensidad con la que lo estoy haciendo.
Finalmente insisto en algo que ya lo dijeron varias personas: LOVE IS ALL YOU NEED.
viernes, 28 de mayo de 2010
Simplemente un juego
Nos enseñan a jugar al teléfono descompuesto cuando somos niños para ir aprendiendo que la vida social, principalmente, será eso en nuestro futuro.
La gente no sólo habla porque puede sino porque le gusta. Todos hablan porque es gratis, corren rumores porque es divertido, lastiman porque pueden y se callan cuando no deben hacerlo. Llega el momento de hacerse cargo de las palabras y ahí, justo ahí, a las palabras se las llevó el viento. Lo que nunca nos cuentan es que el viento, como con las basuras, las pelusas y las hojas de los árboles en otoño, arrastra hasta algún punto. El viento no sopla eternamente y a mí me preocupa eso, el punto en donde deja de hacerlo porque allí es donde se amontonan las hojas secas, las basuras, las pelusas y las palabras.
Y por más de que llames a un plomero, esa bocacalle estará obstruida por largo tiempo.
Algunas veces el azar interfiere, como en cada aspecto de la vida, haciendo que el viento sople por lugares abiertos y despejados, eso está bueno porque traslada las peleas a otras localidades y yo pienso: si la gente cree que uno puede (no significa que quiera) tener amores en localidades diferentes ¿por qué uno no puede tener peleas estancas en otros sitios? Al fin y al cabo, son promesas de peleas para el futuro, delimitando los lugares adonde volver, para enfrentarlas, o por donde jamás pasar en nombre de la preservación.
Una vez una persona a quien respeto bastante me dijo que era más inteligente quien sabía cuando debía callar que quién hablaba para dejar una buena impresión. Yo no entendí a qué se refería, hoy le doy la razón.
La gente no sólo habla porque puede sino porque le gusta. Todos hablan porque es gratis, corren rumores porque es divertido, lastiman porque pueden y se callan cuando no deben hacerlo. Llega el momento de hacerse cargo de las palabras y ahí, justo ahí, a las palabras se las llevó el viento. Lo que nunca nos cuentan es que el viento, como con las basuras, las pelusas y las hojas de los árboles en otoño, arrastra hasta algún punto. El viento no sopla eternamente y a mí me preocupa eso, el punto en donde deja de hacerlo porque allí es donde se amontonan las hojas secas, las basuras, las pelusas y las palabras.
Y por más de que llames a un plomero, esa bocacalle estará obstruida por largo tiempo.
Algunas veces el azar interfiere, como en cada aspecto de la vida, haciendo que el viento sople por lugares abiertos y despejados, eso está bueno porque traslada las peleas a otras localidades y yo pienso: si la gente cree que uno puede (no significa que quiera) tener amores en localidades diferentes ¿por qué uno no puede tener peleas estancas en otros sitios? Al fin y al cabo, son promesas de peleas para el futuro, delimitando los lugares adonde volver, para enfrentarlas, o por donde jamás pasar en nombre de la preservación.
Una vez una persona a quien respeto bastante me dijo que era más inteligente quien sabía cuando debía callar que quién hablaba para dejar una buena impresión. Yo no entendí a qué se refería, hoy le doy la razón.
domingo, 9 de mayo de 2010
Arráncame las hojas, de un tirón.
Los domingos cambiaron de color desde hace diez meses. Ya no son grises, aburridos, pesimistas, encallados o merecedores de olvido. Se han convertido en todo lo contrario, son la vida misma. Los últimos domingos vienen siendo puro color, movimiento y sonido. Reflejan mi espíritu, mis ganas de planear, mi plenitud, mis alas en alguna medida.
Para poder hablar objetivamente debo decir que lo que ha cambiado únicamente es mi locación, el lugar desde donde hablo, miro, decido y aprendo. El resto es puro entorno, contexto que genera empatía conmigo desde que está sin mí. La vida es un conjunto de lugares vacíos y llenos, completos o nulos, medidos o extremos. Siento toda ambivalencia presente en mis sentidos y hoy, un domingo de otoño cualquiera, reconozco algo por primera vez en mi vida que me atrevo a valorar: ADORO EL OTOÑO. Me genera tantas sensaciones esta estación que me resulta casi indescriptible la mezcla de emociones que siento cuando intento transmitirlo mediante palabras. Creo que los colores del otoño, los cambios naturales, la caída de las hojas de los árboles, el frío, la frazada, el mate cocido con leche, los guisos de lentejas, los sweaters de lana, las medias de abrigo, los radiadores, la sopa de arroz, la ducha hirviendo, las botas, las poleras, las bufandas, los gorritos, el chocolate en cantidad desmedida… son tantas las cosas que hacen que ame el otoño, créanme que éstas que mencioné son tan solo algunas de ellas.
Para poder hablar objetivamente debo decir que lo que ha cambiado únicamente es mi locación, el lugar desde donde hablo, miro, decido y aprendo. El resto es puro entorno, contexto que genera empatía conmigo desde que está sin mí. La vida es un conjunto de lugares vacíos y llenos, completos o nulos, medidos o extremos. Siento toda ambivalencia presente en mis sentidos y hoy, un domingo de otoño cualquiera, reconozco algo por primera vez en mi vida que me atrevo a valorar: ADORO EL OTOÑO. Me genera tantas sensaciones esta estación que me resulta casi indescriptible la mezcla de emociones que siento cuando intento transmitirlo mediante palabras. Creo que los colores del otoño, los cambios naturales, la caída de las hojas de los árboles, el frío, la frazada, el mate cocido con leche, los guisos de lentejas, los sweaters de lana, las medias de abrigo, los radiadores, la sopa de arroz, la ducha hirviendo, las botas, las poleras, las bufandas, los gorritos, el chocolate en cantidad desmedida… son tantas las cosas que hacen que ame el otoño, créanme que éstas que mencioné son tan solo algunas de ellas.
miércoles, 5 de mayo de 2010
La ola está de fiesta
Yo pertenezco a la generación que creció junto a Flavia, Pelín y sus canciones. Las veces que habré bailado y cantado todos los temas de la ola está de fiesta me resultan incontables.
En la casa que vivía cuando era chica teníamos el equipo de música en el comedor. Recuerdo perfectamente la mesa de madera antigua, las diez sillas alrededor suyo, los dos muebles que eran de mi bisabuela, una alfombra gris larguísima que iba desde el comedor hasta el zaguán de aquella casa tipo chorizo. El equipo estaba en el medio del comedor contra una pared salpicré color verde agua y, por delante suyo, pasaba el tendido de aquella vieja alfombra. Ese era mi escenario y, generalmente, el desodorante en aerosol de mi mamá era el micrófono.
El equipo de música era muy viejo. Para que puedan tener una idea, la mayoría de mis compañeras de la escuela ya tenían reproductores de cd, mientras que yo seguía usando los malditos cassettes ¡Qué valiosos que eran esos cassettes! Ya no existe la mística de cuidar de su cinta para poder oír mil veces los mismos temas. Play, Rewind, Stop, Play. ¡Qué secuencia fastidiosa!
Estas líneas vienen a cuenta porque encendí el televisor para hacer un poco de zapping y ví a Flavia, mi ídola (¿?), vestida como si fuera un gato, hablando de que estaba junto a un pibe mucho más joven que ella… me pregunto ¿adónde se van nuestros ídolos? ¡Qué vergüenza que me dio verla allí! Confieso que no me quedé escuchando esa entrevista, cambié de canal. Prefiero quedarme con el recuerdo que elijo tener de mi infancia y no con este.
Ella no es más que una persona que tuvo diferentes roles y trabajos en la vida. A veces estamos de pie sobre un sitio y, al tiempo, ya pasamos hacia otro.
Yo soy de las que quedan prendidas a las sensaciones intensas, a los amores profundos, a algunos ideales. En este caso, que triste resulta la realidad cuando recuerdo toda aquella idealización que hice sobre su personaje, al final del cuento, nunca consideré que era una persona.
En la casa que vivía cuando era chica teníamos el equipo de música en el comedor. Recuerdo perfectamente la mesa de madera antigua, las diez sillas alrededor suyo, los dos muebles que eran de mi bisabuela, una alfombra gris larguísima que iba desde el comedor hasta el zaguán de aquella casa tipo chorizo. El equipo estaba en el medio del comedor contra una pared salpicré color verde agua y, por delante suyo, pasaba el tendido de aquella vieja alfombra. Ese era mi escenario y, generalmente, el desodorante en aerosol de mi mamá era el micrófono.
El equipo de música era muy viejo. Para que puedan tener una idea, la mayoría de mis compañeras de la escuela ya tenían reproductores de cd, mientras que yo seguía usando los malditos cassettes ¡Qué valiosos que eran esos cassettes! Ya no existe la mística de cuidar de su cinta para poder oír mil veces los mismos temas. Play, Rewind, Stop, Play. ¡Qué secuencia fastidiosa!
Estas líneas vienen a cuenta porque encendí el televisor para hacer un poco de zapping y ví a Flavia, mi ídola (¿?), vestida como si fuera un gato, hablando de que estaba junto a un pibe mucho más joven que ella… me pregunto ¿adónde se van nuestros ídolos? ¡Qué vergüenza que me dio verla allí! Confieso que no me quedé escuchando esa entrevista, cambié de canal. Prefiero quedarme con el recuerdo que elijo tener de mi infancia y no con este.
Ella no es más que una persona que tuvo diferentes roles y trabajos en la vida. A veces estamos de pie sobre un sitio y, al tiempo, ya pasamos hacia otro.
Yo soy de las que quedan prendidas a las sensaciones intensas, a los amores profundos, a algunos ideales. En este caso, que triste resulta la realidad cuando recuerdo toda aquella idealización que hice sobre su personaje, al final del cuento, nunca consideré que era una persona.
jueves, 22 de abril de 2010
Un aplauso para el asador
Quiero decirle al mundo que odio cada vez que alguien, con la boca llena de achuras, grita “un aplauso para el asador”. Fíjense que siempre es al iniciar la comida, nadie lo grita cuando se sirve el vacío, es un ritual que marca el inicio del asado casi obligatoriamente.
El problema surge cuando me doy cuenta de que es mucho más trabajoso y demanda un mayor esfuerzo enjuagar las verduras, armar ensaladas, poner la mesa para veinte personas y tener que lavar la vajilla llena de grasa de tantos comensales luego de dicha comida.
Es sabido que hay una cuestión bastante machista en torno a hacer un asado, tener tu propio cuchillo, encender el fuego, hacer buena cantidad de brasas, poner la carne encima suyo… el resto es sólo esperar. Eso sí, esa espera siempre es en compañía de un par de vinos previos al almuerzo. ¡Qué difícil que es esa espera!
Yo no quiero ofender a ningún argentino que haga un rico asado en su día libre, ni siquiera a las mujeres que fomentan o sostienen a esos asadores, sólo quiero hacer pública mi indignación cuando en cada lugar que voy escucho “un aplauso para el asador”. No hay vez que deje de pensar en el aplauso inexistente dedicado a quien fue a la carnicería, cargó todos esos kilos de carne hasta la heladera, organizó el espacio en la heladera para que entre en ella semejante cantidad de comida, hizo malabares con las ensaladas para que sean suficientes y, por sobre todo, para que nadie se queje por como están condimentadas, para quien limpia toda la vajilla, incluyendo la grasa que queda en la parrilla después de cada uso… en fin, alguna vez después de cumplir con el ritual machista de aplaudir al asador para que pueda comer tranquilo, voy a pedir un aplauso para nosotras, esas mujeres que vamos detrás de cada detalle que el asado requiere.
Aunque es cierto que sin estos hombres que hacen nuestros asados, no habría queja.
Mentira………si no tuviéramos a nuestros asadores ¡¡¡aprenderíamos y los haríamos nosotras!!!
Creo de que después de publicar estas palabras, me quedé sin asado de por vida.
El problema surge cuando me doy cuenta de que es mucho más trabajoso y demanda un mayor esfuerzo enjuagar las verduras, armar ensaladas, poner la mesa para veinte personas y tener que lavar la vajilla llena de grasa de tantos comensales luego de dicha comida.
Es sabido que hay una cuestión bastante machista en torno a hacer un asado, tener tu propio cuchillo, encender el fuego, hacer buena cantidad de brasas, poner la carne encima suyo… el resto es sólo esperar. Eso sí, esa espera siempre es en compañía de un par de vinos previos al almuerzo. ¡Qué difícil que es esa espera!
Yo no quiero ofender a ningún argentino que haga un rico asado en su día libre, ni siquiera a las mujeres que fomentan o sostienen a esos asadores, sólo quiero hacer pública mi indignación cuando en cada lugar que voy escucho “un aplauso para el asador”. No hay vez que deje de pensar en el aplauso inexistente dedicado a quien fue a la carnicería, cargó todos esos kilos de carne hasta la heladera, organizó el espacio en la heladera para que entre en ella semejante cantidad de comida, hizo malabares con las ensaladas para que sean suficientes y, por sobre todo, para que nadie se queje por como están condimentadas, para quien limpia toda la vajilla, incluyendo la grasa que queda en la parrilla después de cada uso… en fin, alguna vez después de cumplir con el ritual machista de aplaudir al asador para que pueda comer tranquilo, voy a pedir un aplauso para nosotras, esas mujeres que vamos detrás de cada detalle que el asado requiere.
Aunque es cierto que sin estos hombres que hacen nuestros asados, no habría queja.
Mentira………si no tuviéramos a nuestros asadores ¡¡¡aprenderíamos y los haríamos nosotras!!!
Creo de que después de publicar estas palabras, me quedé sin asado de por vida.
miércoles, 14 de abril de 2010
Ring Ring Ring
…porque Dios está en todas partes pero tiene oficina comercial en Capital Federal.
Sí, eso pensé hoy después de recibir tres llamadas de diferentes lugares en mi teléfono y al pedirme que confirme el horario de reunión para los días entrantes nadie, créanme que absolutamente ninguna de las tres personas cuando me dijo el número adonde tengo que llamar para confirmar horario, antepuso el prefijo que debía agregar antes del resto de los números. Resulta ser que dan por sentado que el 011 está presente, lo tenés que saber, es un sujeto omnipresente en la vida de la gente, aparentemente.
Lejos de mí está la idea de ser arrogante pero honestamente sé muy bien cual es el prefijo que tengo que discar para comunicarme, el punto al que voy es ¿por qué si una persona llama a un número de teléfono del interior de la provincia no aclara de donde habla y consecuentemente informa todos los números pertenecientes al lugar que representa?
No voy a generalizar porque odio que la gente generalice pero creo que la mayoría de los porteños se creen que son todo y que tienen el mundo a sus pies. ¡Cómo me molesta!
Sí, eso pensé hoy después de recibir tres llamadas de diferentes lugares en mi teléfono y al pedirme que confirme el horario de reunión para los días entrantes nadie, créanme que absolutamente ninguna de las tres personas cuando me dijo el número adonde tengo que llamar para confirmar horario, antepuso el prefijo que debía agregar antes del resto de los números. Resulta ser que dan por sentado que el 011 está presente, lo tenés que saber, es un sujeto omnipresente en la vida de la gente, aparentemente.
Lejos de mí está la idea de ser arrogante pero honestamente sé muy bien cual es el prefijo que tengo que discar para comunicarme, el punto al que voy es ¿por qué si una persona llama a un número de teléfono del interior de la provincia no aclara de donde habla y consecuentemente informa todos los números pertenecientes al lugar que representa?
No voy a generalizar porque odio que la gente generalice pero creo que la mayoría de los porteños se creen que son todo y que tienen el mundo a sus pies. ¡Cómo me molesta!
sábado, 3 de abril de 2010
Mortimer sin duda
Otra vez lo cotidiano me deja pensando en los problemas de alineación y balanceo que tengo en la cabeza.
Termino de comer y es casi automático el movimiento. Levanto los platos y a lavar la cocina. Si no lo hago mientras estoy terminando de masticar el último bocado del almuerzo o de la cena me agarra semejante vagueza que pueden los platos permanecer sucios por varios días sin que yo me digne a enjuagarlos. Parece que se ha vuelto un mecanismo operativo de mi sistema; terminar de comer y a lavar todo muy rápido. Es como si hubiese alguien apurándome o como si escuchara el ruido de un perturbador tic tac tic tac que me hiciera creer que se está venciendo el plazo del proceso culinario. Ah! Déjenme aclarar que para mí, tanto el almuerzo como la cena, son todo un proceso que comienza en el momento en el cual pienso en que quiero comer y termina cuando dejo la vajilla reluciente reposando en el apoya platos.
Otra característica que tengo es que jamás seco la vajilla. Tengo veinte repasadores divinos, de diversas formas y colores pero no les doy uso. La vajilla se seca sola, reposando, al aire. Me gusta evitar los hongos y de esa forma lo consigo sin grandes esfuerzos. Además soy muy desprolija, si secara los platos siempre les dejaría alguna que otra gotita de agua y odio la humedad, prefiero el secado a intemperie, es más efectivo, me da más confianza.
Yo primero lavo los vasos, después los cubiertos, le siguen los platos y por último están las cacerolas que previamente llené con agua para ir despegando la mugre.
Sepan que soy extremista como muchas e intensa como pocas.
Termino de comer y es casi automático el movimiento. Levanto los platos y a lavar la cocina. Si no lo hago mientras estoy terminando de masticar el último bocado del almuerzo o de la cena me agarra semejante vagueza que pueden los platos permanecer sucios por varios días sin que yo me digne a enjuagarlos. Parece que se ha vuelto un mecanismo operativo de mi sistema; terminar de comer y a lavar todo muy rápido. Es como si hubiese alguien apurándome o como si escuchara el ruido de un perturbador tic tac tic tac que me hiciera creer que se está venciendo el plazo del proceso culinario. Ah! Déjenme aclarar que para mí, tanto el almuerzo como la cena, son todo un proceso que comienza en el momento en el cual pienso en que quiero comer y termina cuando dejo la vajilla reluciente reposando en el apoya platos.
Otra característica que tengo es que jamás seco la vajilla. Tengo veinte repasadores divinos, de diversas formas y colores pero no les doy uso. La vajilla se seca sola, reposando, al aire. Me gusta evitar los hongos y de esa forma lo consigo sin grandes esfuerzos. Además soy muy desprolija, si secara los platos siempre les dejaría alguna que otra gotita de agua y odio la humedad, prefiero el secado a intemperie, es más efectivo, me da más confianza.
Yo primero lavo los vasos, después los cubiertos, le siguen los platos y por último están las cacerolas que previamente llené con agua para ir despegando la mugre.
Sepan que soy extremista como muchas e intensa como pocas.
lunes, 1 de marzo de 2010
Viveza argentina
Salí a dar una vuelta en busca de una camisa, lisa, blanca y mangas cortas. No la encontré. Cuando busco algo sencillo, todo es con detalles y cuando quiero algo con garabatos la onda es usar cosas simples. Esa soy yo, esas cosas me pasan a mí.
En el camino de vuelta a casa veo a una mujer que llevaba en el asiento trasero del auto a tres niños, detiene la marcha del vehículo a mitad de cuadra y le pregunta a los gritos a un muchacho que estaba bajando la cortina de un comercio de plásticos si podía venderle una tabla para planchar. Acto seguido, el muchacho en cuestión la mira y sutilmente levanta los hombros mientras le decía: “el negocio ya cerró”. La mujer enfurecida le suplica que necesita si o si esa tabla y después de un par de frases de ida y otras de vuelta, el muchacho accede al pedido de la señora, abre las puertas y le ofrece desde adentro las distintas variedades. Sí, fue una compra desde el auto.
El punto es que me quedé pensando ¿Qué tiene en la cabeza es mujer que no se da cuenta de que ese hombre se quería ir a la casa en vez de estar ofreciéndole una tabla de planchar? Ya había tenido todo el día para vendérsela pero no. Ella fue justamente cuando cerraban, me atrevo a decir que en el camino de vuelta a su casa se acordó y al pasar por ese comercio hizo el intento.
Esto pasa en nuestro país, en donde no se respeta a la persona que está al lado nuestro, al que terminó su jornada de trabajo y quiere ir a descansar, al que tiene en mente algo diferente a lo de nuestra cabeza…
Porque estuve en ese lugar aprendí a no hacérselo a nadie ya que, honestamente, es horrible la sensación de impotencia e injusticia con la que después te vas a cenar a tu casa.
En el camino de vuelta a casa veo a una mujer que llevaba en el asiento trasero del auto a tres niños, detiene la marcha del vehículo a mitad de cuadra y le pregunta a los gritos a un muchacho que estaba bajando la cortina de un comercio de plásticos si podía venderle una tabla para planchar. Acto seguido, el muchacho en cuestión la mira y sutilmente levanta los hombros mientras le decía: “el negocio ya cerró”. La mujer enfurecida le suplica que necesita si o si esa tabla y después de un par de frases de ida y otras de vuelta, el muchacho accede al pedido de la señora, abre las puertas y le ofrece desde adentro las distintas variedades. Sí, fue una compra desde el auto.
El punto es que me quedé pensando ¿Qué tiene en la cabeza es mujer que no se da cuenta de que ese hombre se quería ir a la casa en vez de estar ofreciéndole una tabla de planchar? Ya había tenido todo el día para vendérsela pero no. Ella fue justamente cuando cerraban, me atrevo a decir que en el camino de vuelta a su casa se acordó y al pasar por ese comercio hizo el intento.
Esto pasa en nuestro país, en donde no se respeta a la persona que está al lado nuestro, al que terminó su jornada de trabajo y quiere ir a descansar, al que tiene en mente algo diferente a lo de nuestra cabeza…
Porque estuve en ese lugar aprendí a no hacérselo a nadie ya que, honestamente, es horrible la sensación de impotencia e injusticia con la que después te vas a cenar a tu casa.
domingo, 21 de febrero de 2010
Es domingo ¡me caso con el helado!
Organizar un encuentro, cena o salida con mis amigas es cada vez más difícil. En verdad siempre lo fue pero con el tiempo esta situación viene haciéndose presente cada vez más seguido. Está siendo figurita repetida. La instancia de ser la organizadora de los encuentros, o al menos de intentarlo, ya la abandoné hace rato y ahora estoy empezando a perder el interés en sumarme a sus planes.
Me pone tan de mal humor comerme un plantón faltando menos de una hora para juntarnos que juro que la violencia se apodera de mi cuerpo y generalmente termino canalizándola comiendo alguna cosa rica, hoy es un cuarto de helado (y los tres gustos son de crema…).
No me molesta que ellas no tengan ganas de verme, me molestan las excusas que ponen para no vernos. Prefiero mil, si dije mil, veces que me digan que no tienen ganas de ir a que me vendan un paquete con moño y todo. Encima mientras clavo la cucharita en el pote de este helado, me enojo tanto conmigo misma porque ya estoy pensando en los diez largos en la pileta que voy a tener que hacer para creerme que bajé las calorías que engordé esta noche. Así de vueltera soy, si, ámenme (si pueden).
Al principio me copaba y preparaba algún postre, bizcochuelo, mousse de chocolate pero para ser honesta ahora no hago nada más, de hecho, durante toda la tarde cada vez que suena el celular el primer pensamiento que tengo es el de que seguramente se canceló la reunión por lo que cocinar algo para después atracarme solita a la noche dejó de ser una opción. De ese tren me bajé hace rato por suerte.
Me pregunto por qué uno no puede ser coherente y condescendiente con lo que dijo cuando fue invitado y con lo que siente respecto de esa invitación o del evento el día del mismo. Parece ser que llega el día de vernos y el encanto se rompe, es sustituido por otra cosa que desconozco cual puede ser. La mayoría de la gente debe pensar que mi grupo de amigas es un embole y déjenme decirles que no es así en absoluto. La realidad es que es todo lo contrario, nos reímos toda la noche y volvemos a casa mensajeándonos sobre que tendríamos que reunirnos más seguido sin dejar pasar tanto tiempo, que lo pasamos muy bien juntas y bla bla bla. Nos endulzamos los ojos de manera tal que quizás después no queremos otro encuentro, no queda nada por compartir, ya nos dijimos cuanto nos queríamos y extrañábamos así que estimo que el contrato de amistad por un mes puede darse por cerrado.
Me da mucha lástima admitirlo e ilusa sería si lo callara, creo que la única garantía de que las amigas de mi grupo asistan a una reunión es si las haces dejar una especie de seña (si, estoy hablando de dinero) para reservar algo. No pierden un peso seguro. En eso pongo la firma y me voy a ver un par de capítulos de Sex and the city después de haber confesando este espanto de sensación que tengo hoy.
Me pone tan de mal humor comerme un plantón faltando menos de una hora para juntarnos que juro que la violencia se apodera de mi cuerpo y generalmente termino canalizándola comiendo alguna cosa rica, hoy es un cuarto de helado (y los tres gustos son de crema…).
No me molesta que ellas no tengan ganas de verme, me molestan las excusas que ponen para no vernos. Prefiero mil, si dije mil, veces que me digan que no tienen ganas de ir a que me vendan un paquete con moño y todo. Encima mientras clavo la cucharita en el pote de este helado, me enojo tanto conmigo misma porque ya estoy pensando en los diez largos en la pileta que voy a tener que hacer para creerme que bajé las calorías que engordé esta noche. Así de vueltera soy, si, ámenme (si pueden).
Al principio me copaba y preparaba algún postre, bizcochuelo, mousse de chocolate pero para ser honesta ahora no hago nada más, de hecho, durante toda la tarde cada vez que suena el celular el primer pensamiento que tengo es el de que seguramente se canceló la reunión por lo que cocinar algo para después atracarme solita a la noche dejó de ser una opción. De ese tren me bajé hace rato por suerte.
Me pregunto por qué uno no puede ser coherente y condescendiente con lo que dijo cuando fue invitado y con lo que siente respecto de esa invitación o del evento el día del mismo. Parece ser que llega el día de vernos y el encanto se rompe, es sustituido por otra cosa que desconozco cual puede ser. La mayoría de la gente debe pensar que mi grupo de amigas es un embole y déjenme decirles que no es así en absoluto. La realidad es que es todo lo contrario, nos reímos toda la noche y volvemos a casa mensajeándonos sobre que tendríamos que reunirnos más seguido sin dejar pasar tanto tiempo, que lo pasamos muy bien juntas y bla bla bla. Nos endulzamos los ojos de manera tal que quizás después no queremos otro encuentro, no queda nada por compartir, ya nos dijimos cuanto nos queríamos y extrañábamos así que estimo que el contrato de amistad por un mes puede darse por cerrado.
Me da mucha lástima admitirlo e ilusa sería si lo callara, creo que la única garantía de que las amigas de mi grupo asistan a una reunión es si las haces dejar una especie de seña (si, estoy hablando de dinero) para reservar algo. No pierden un peso seguro. En eso pongo la firma y me voy a ver un par de capítulos de Sex and the city después de haber confesando este espanto de sensación que tengo hoy.
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